Santos y Beatos

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SAN BENITO DE NURSIA

FUENTE: ACIPRENSA

Nació en Nursia (actual territorio de Italia)  alrededor del año 480 y falleció en Montecasino en 543. Es considerado como el fundador del monacato occidental. San Benito pasó su niñez en Roma, donde vivió con sus padres y asistió a la escuela hasta que llegó a la educación superior. En este punto fue cuando “habiendo regalado a otros sus libros, y dejando la casa y la riqueza de su padre, deseoso de servir sólo a Dios, se dio a la búsqueda de un sitio donde pudiera lograr ese santo propósito. De esta forma dejó Roma siendo muy joven,entre los 14 o 19 años de edad.

Según sus biógrafos, no parece que Benito haya salido de Roma con el objeto de convertirse en eremita, sino simplemente de encontrar un lugar alejado de la vida metropolitana. Se estableció en Enfide, donde realizó su primer milagro, restaurando a su condición original una criba de trigo hecha de barro que su anciana sierva rompió por error. Ese milagro  se hizo famoso y Benito buscó apartarse aún más de la vida social, llegando así a Subiaco.

De camino desde Efide, Benito encontró a un monje, Romano, cuyo monasterio estaba en la montaña sobre el precipicio donde estaba la cueva. Romano conversó profundamente con Benito sobre su propósito de viaje y le dio un hábito monacal. Por consejo de Romano, Benito se convirtió en eremita y así vivió por tres años, alejado de la gente, en esa cueva sobre el lago.

Dos veces menciona San Gregorio que Romano sirvió al santo en todo lo que pudo. Parece ser que el monje visitaba lo visitaba frecuentemente y le llevaba comida en ciertos días. Durante esos años de soledad maduró en mente y en carácter, en el conocimiento de sí mismo y de sus hermanos hombres. Su nombre se hizo tan famoso y respetado que, a la muerte del abad de un monasterio vecino (identificado por algunos como Vicovaro), la comunidad lo buscó para pedirle que aceptara ser el nuevo abad. Benito sabía que en ese monasterio “su estilo de vida era distinto al suyo y que nunca podrían estar totalmente de acuerdo, pero, después de un tiempo, vencido por su insistencia, aceptó” (Ibid. 3). La experiencia fracasó, ya que los monjes intentaron envenenarlo, por lo que Benito volvió a su cueva. A partir de ese tiempo sus milagros se hicieron más frecuentes, y muchas personas, atraídas por su santidad y su carácter, llegaron a Subiaco para ponerse bajo su guía.

Benito construyó doce monasterios en el valle para acomodar a esas personas. En cada uno de ellos puso a un superior con doce monjes. El vivía en el treceavo, con “unos cuantos, a los que él consideraba que su presencia sería más útil y podrían ser instruidos mejor” (Ibid., 3). Pero él se convirtió en el abad y el padre de todos. Con el establecimiento de esos monasterios comenzaron las escuelas para niños.

El resto de la vida de Benito fue dedicada a llevar a cabo el ideal de monacato que nos ha dejado plasmado en su Regla.

LA REGLA BENEDICTINA

  1. La Regla de san Benito fue escrita para seglares, no para clérigos. Su propósito era establecer una una organización y unas normas apropiadas para la vida doméstica de los seglares que quisiesen vivir en la forma más plena posible la vida sugerida por el Evangelio. Años más tarde, la Iglesia impuso el estado clerical a los benedictinos, y con él se impusieron las obligaciones de las funciones clericales y sacerdotales, pero siempre ha permanecido la impronta del origen seglar de los benedictinos, y ello constituye quizás una de las señales distintivas de esta orden.
  1. Otra característica de la Regla del Santo es su perspectiva del trabajo. Para Benito, el trabajo de sus monjes era simplemente un medio para llegar a lo bueno de la vida. La gran fuerza disciplinaria de la naturaleza humana es el trabajo; el ocio es su ruina. El objetivo de su Regla era llevar a los hombres “de regreso a Dios por el trabajo obediente, del que se habían alejado por el ocio de la desobediencia”. El trabajo es la primera condición de crecimiento en el bien.
  1. La vida religiosa, según la concibió san Benito, es esencialmente social. Una vida alejada de los demás, la vida de los eremitas, si quiere ser sana e integral, sólo es buena para unos cuantos, y éstos deben haber alcanzado una etapa avanzada de auto disciplina a través de la vida comunitaria.


El lugar que Benito da a la oración pública, común, se puede describir diciendo que él la estableció como el centro de la vida comunitaria a la que se vinculan sus monjes. Se trata de la consagración, no del individuo, sino de la comunidad entera a Dios a través de la repetición diaria de actos públicos de fe, de alabanza y de adoración al Creador.

En último lugar está la oración privada. Sobre ella no da ninguna norma el Santo. Debe apegarse a los dones personales: “Si alguno desea orar en privado, déjesele ir en silencio al oratorio a orar, no en voz alta, sino con lágrimas y fervor de corazón”.

No se sabe con exactitud cuánto tiempo permaneció en Subiaco. El Abad Tosti conjetura que debe haber sido hasta el año 529. Durante este tiempo Benito intentó llevar a cabo en los doce monasterios su concepto de vida monástica. Benito sabía que la regeneración del individuo, fuera de casos excepcionales, no se logra a través de la soledad, ni de la austeridad, sino siguiendo el camino trillado del instinto social del hombre, con sus condiciones necesarias de obediencia y trabajo. Sabía también que ni la mente ni el cuerpo pueden ser sobrecargados en su esfuerzo de evitar el mal.

Por esta razón en Subiaco no encontramos solitarios, ni eremitas conventuales, ni grandes austeridades, sino únicamente varones reunidos en comunidades organizadas con el objeto de llevar vidas buenas, trabajando en lo que les llegaba a sus manos: portando agua hasta la cima de pronunciadas montañas, haciendo faenas de casa, construyendo los doce claustros, limpiando el terreno, haciendo jardines, enseñando a los niños, predicando a los campesinos, leyendo y estudiando al menos cuatro horas diarias, acogiendo a los forasteros, recibiendo y entrenando a los nuevos monjes, participando en las horas regulares de oración, recitando y cantando el salterio.

La vida de Subiaco y el carácter de san Benito atrajeron a muchos a los nuevos monasterios, pero con los números cada vez mayores, y su creciente influencia, llegaron también inevitablemente los celos y las persecuciones, que alcanzaron su punto culminante cuando un sacerdote vecino intentó escandalizar a los monjes llevándoles una mujer desnuda para que bailara en el patio del monasterio donde residía San Benito. Para proteger a sus seguidores de ulteriores persecuciones, Benito decidió abandonar Subiaco y fue a Monte Casino.

Sobre la cima de Monte Casino “había una antigua capilla en la que la gente simple del campo, según la costumbre de los antiguos gentiles, daba culto al dios Apolo. Alrededor y sobre ella, en todos lados, había madera para el servicio de los demonios, y en ella, hasta ese día, la loca multitud de infieles ofrecían los más perversos sacrificios. El hombre de Dios, acercándose, hizo pedazos el ídolo, destruyó el altar y puso fuego a la madera, y en lo que había sido el templo de Apolo construyó el oratorio de san Martín; donde había estado el altar del mismo Apolo construyó un oratorio para san Juan. Gracias a su continua predicación llevó a los pobladores de la región a abrazar la fe cristiana”. Aquí fue donde el santo edificó su monasterio. Su experiencia de Subiaco le había aconsejado cambiar sus planes, por lo que en esta ocasión en vez no se construyeron varias casas, con una comunidad pequeña en cada una, sino que puso a todos los monjes en el mismo monasterio y cuidó de su gobierno nombrando a un prior y varios decanos.

Subiaco es un valle lejano, perdido en las montañas y de difícil acceso. Casino está en una de las carreteras más transitadas del sur de Italia, y no está lejos de Capua. Eso ocasionó que el monasterio estuviera más en contacto con el mundo exterior. Pronto se convirtió en un centro de gran influencia en un distrito muy poblado, en el que había varias diócesis y otros monasterios. Los abades llegaban a consultar a Benito. Había visitas continuas de gente diversa, y entre los amigos de Benito se contaban nobles y obispos. Había también en la cercanía monasterios de monjas a los que los monjes acudían para predicar y enseñar. Hay un poblado cercano en el que Benito predicó e hizo muchos conversos.

Durante la vida del Santo hay una cosa que siempre permaneció como una característica inmutable de las casas benedictinas: sus miembros aceptan cualquier trabajo que se adapte a sus circunstancias peculiares; el que sea dictado por sus necesidades.

El objetivo de san Benito era crear una Regla que pudiera ser observada por cualquiera que quisiera seguir los consejos evangélicos, en la vida, en la oración y en el trabajo, para salvar su alma.

Desde Montecasino San Benito fundó otro monasterio cerca de Terracina, en la costa. Añadiremos el don de la profecía a la sabiduría de la larga experiencia y a las maduras virtudes de la santidad. San Gregorio menciona muchos ejemplos. Entre estos, el caso más celebrado es el de la visita de Totila, Rey de los Godos, en el año 543, cuando el Santo lo regañó por sus malas acciones y en pocas palabras le advirtió sobre todo lo que le iba a suceder, diciéndole: “Haces diariamente mucho mal, y has cometido muchos pecados; abandona ya tu vida de pecado. Entrarás a la ciudad de Roma, y cruzarás el mar; has de reinar nueve años y al décimo dejarás esta vida mortal”. Al oír esas palabras, el rey se atemorizó, y se alejó, deseando que el santo varón hiciera oración a Dios por él. Desde entonces nunca fue tan cruel como antes. Poco después fue a Roma, viajó por mar a Sicilia, y al décimo año de su reinado perdió el reino y la vida.

La fecha de la visita de Totila a Montecasino, 543, es la única fecha de la vida del Santo de la que tenemos certeza. Debe haber acontecido cuando Benito ya era de edad avanzada. Como otros biógrafos, el Abad Tosti data la muerte del Santo en ese mismo año. Poco antes de su muerte oímos hablar por primera vez de su hermana Escolástica. “Ella había sido dedicada al Señor desde su infancia, y llegaba a visitar a su hermano cada año. Y el hombre de Dios se alejaba un poco de la puerta, a un sitio que pertenecía a la abadía, para platicar con ella”. Su último encuentro sucedió tres días antes de la muerte de Escolástica, en un día “en que el cielo estaba tan claro que no se veía ninguna nube”. La hermana rogó a Benito que pasar la noche juntos, pero “nada lo hizo acceder a ello, diciendo que por ningún motivo podía él pasar la noche fuera de la abadía. La monja, habiendo oído la negación de su hermano, juntó sus manos, las colocó sobre la mesa e, inclinándose sobre ellas, oró a Dios Todopoderoso. Al levantar la cabeza de la mesa, súbitamente se desató una terrible tempestad de rayos y truenos, y tan copiosa lluvia, que ni el venerable Benito, ni los monjes que lo acompañaban, pudieron sacar la cabeza fuera de la puerta”. Tres días después “Benito observó cómo el alma de su hermana, separada de su cuerpo, en forma de paloma, ascendía al cielo. Lleno de regocijo de ver su gran gloria, dio gracias a Dios Todopoderoso con himnos y alabanzas, y comunicó la noticia de la muerte de su hermana a los monjes, a quienes mandó llevar su cadáver a la abadía para enterrarlo en la tumba que él había preparado para sí mismo”.

Una vez más se le revelaron las cosas escondidas de Dios, y él avisó a sus hermanos, tanto “a los que habían vivido con él diariamente como a los que vivían lejos” de su próxima muerte. “Seis días antes de morir dio órdenes de que se abriera su sepulcro y siendo preso de una calentura, con tremenda fiebre comenzó a perder el sentido. Como la enfermedad empeoraba diariamente, al sexto día ordenó a sus monjes que lo llevaran al oratorio. Sostenido por los brazos de sus discípulos, se irguió con los brazos hacia el cielo, y orando de esa manera entregó su espíritu”. Fue sepultado en la misma tumba que su hermana “en el oratorio de San Juan Bautista, que él mismo había edificado cuando derribó el altar de Apolo”.

Quizás los rasgos más notables de san Benito sean su profundo y amplio sentimiento humano y su moderación. Lo primero se revela en muchas anécdotas registradas por San Gregorio. En su biografía, San Benito siempre aparece como el mismo hombre amante de la paz, quieto, gentil, digno, fuerte, que gracias a la sutil fuerza de su simpatía se convierte en el centro de las vidas e intereses de todos los que lo rodean. Lo vemos en el templo con sus monjes, durante la lectura, a veces en los campos, pero más normalmente en su celda donde los mensajeros frecuentemente lo hallan “llorando silenciosamente en su oración” y durante las horas de la noche de pie “junto a su ventana en la torre, ofreciendo a Dios sus oraciones”. A veces también, como lo describió Totila, está sentado fuera de la puerta de su celda, o “ante el portón del monasterio, leyendo un libro”. Benito nos ha dejado un retrato de sí mismo de la descripción del abad ideal.